El ruido

Es una experiencia usual el no poder leer o escribir a causa del ruido. O, más bien, creer que la causa de nuestra desconcentración es el ruido. El paso de los autos, las gomas contra el asfalto, una chapa que pisan, cuando doblan, una frenada, el caño de escape roto, el motor, el abrir y cerrar de las puertas, la tan confortable bocina, otra vez las ruedas, hasta que ha pasado el coche, y viene otro… y es en esa misma espera del próximo ruido donde ocurre nuestro problema.

Porque un ruido simplemente ocurre. Es inocente. Cuando un ruido ocurre repentinamente, la reacción natural es escucharlo, entender su forma, dejarse sorprender e ir perdiendo la sorpresa hasta entrar en razón, o sea, dentro de uno mismo, buscar su causa, explicarlo. Es muy extraño que no ocurra esto con un ruido repentino. Ahora, si estamos viviendo en el microcentro, o en cualquier barrio ruidoso una mañana en la que se corta el pasto, no es extraño. Los ruidos ya nos son conocidos. Sobre todo los ruidos que ocurren de día.

Ocurre con el odio por un ruido que enseguida empezamos a imaginar al responsable y, sobre todas las cosas, además de las trompadas que podríamos dar y recibir, queremos preguntarle: porqué. Porqué usa el lavarropas a las once de la noche. Porque lo usa a la mañana cada mañana. Porqué el volumen de la tele está fondo, o porqué la tele tiene que tener volumen. Parecemos niños.  Queremos saber qué hace necesarias a todas las cosas. La explicación de todo.

¿Porqué en semejante situación de violencia y odio, sin darnos cuenta, en nuestras preguntas que intentan volver absurda cualquier necesidad común o extravagante del otro, planteamos semejante inquietud metafísica? ¿Qué esperamos cuando esperamos el próximo ruido molesto, su reiteración, además de calcular si es que tenemos que ir a tocarle la puerta a alguien? Esperamos que ocurra de vuelta. Lo deseamos. Si no ocurriera, ¿Qué sería del odio que tanto embadurnamos?

Cuando esperamos un ruido lo recreamos en la mente. Lo odiamos y lo recreamos y es más el ruido que ocurre dentro nuestro que el ruido externo. Y esa es la cuestión, que el ruido está dentro nuestro. De antes. Simulamos ser mártires que luchan contra el ruido ajeno, pero en realidad somos unos terroristas de nosotros mismos. Como sucede con el personaje de “El silenciero” que termina intentando suicidarse en su oficina de escritor pero se pega el tiro en el oído en lugar de la sien, y la bala le sale por el otro agujero. Se queda sordo. Y sin embargo sigue escuchando el ruido.

Cuando un ruido no nos deja leer o escribir no es culpa del ruido. El ruido es la consecuencia de nuestra incapacidad creativa tanto para fabricar fantasías o para seguirlas en las líneas de un texto. Un sonido, en realidad, es una muy buena razón para crear, es una excusa, una imagen, ¿Cómo no usarlo más que evadirlo?

 

 

 

De la solemnidad a la ironía

No es sorprendente que el único motor dramático y literario de la poesía contemporánea o, mejor dicho, el exceso de poesía contemporánea, sea el sarcasmo. Todo otro recurso ha quedado atrás entre ruinas. Se recurre y recurre soberbiamente al sarcasmo, al cual nadie puede detener en su crítica o burla. Y, esclavos de ese mismo sarcasmo, tanto público como autores, que en tantos casos son las mismas personas, comenzaron decididamente a volverse estúpidos y miserables para que más fácil sea el enaltecimiento de este recurso, como un borracho llegado a su punto límite se arrodilla ante un inodoro.

Lo mismo sucede con el progresismo. Ha crecido hasta volvernos miserables en todos los aspectos de nuestras vidas. Cada movimiento de nuestros dedos es cómplice de oprimir a la humanidad y a la naturaleza. Todo lo que hacemos lo hacemos mal. Pero, a diferencia de nuestros padres ingenuos, nosotros tenemos la capacidad de criticar y ver la ruindad de todo el género humano, y por eso mismo nos damos el lujo de echarles la culpa de nuestras miserias y complicidades con “el sistema”.

Además del lujo de criticar, la juventud progresista tiene un lujo más: el de hacer lo contrario a lo que dice que deben hacer los otros. Y así nuestras vidas son enjuiciadas sumisamente por un poder anónimo y caminan al cadalso sin guardia alguna. Caminan a él, lo adoran, lo desean.  Sobre todo los artistas de este mundo sin guerras y sin abortos no punibles. Los artistas de la democracia. Todo es arte. Ser libre, acercarse a la eternidad tan sólo por subirse a un escenario.

Pero cada cosa que se compra tiene IVA y, si es gratis, siempre se paga de algún modo en los impuestos. Todos pueden ser actores, poetas, escultores. Y en la misma oración está la trampa: TODOS. Todos quieren lo mismo. Y eso mismo es una sola cosa. No podemos poner un teatro en cada casa (e increíblemente lo hemos hecho). He aquí que nace un leviatán que nos somete al arte simulando entregarlo en nuestras manos.

Si es solemne, es antiguo, es hasta opresivo para la atención humana y rebelde a los carriles del mercado de la cultura underground. No es que los viejos ignorantes de la SADE sean la excepción en la cultura. Ni siquiera son algo quedado en el tiempo. Sería ofender al tiempo, por favor. Es que son demasiado recién nacidos y hacen del oficio una cuestión de salón y no de salir a la vida. Si salieran a la vida, si salieran a la vida, ay… La vida sí que es democrática. O casi. Crece el pasto hasta en los basurales. Aquello que muere es en realidad un lujo verlo. Está escondido. Está escondido en el pasado que desprecian donde quiera que se vaya. Y no hay pasado en ningún lado. Toda casa vieja puede transformarse en un centro cultural.

La solemnidad no es un mal. No es cosa de viejos. No se llega fácil a ella. Su significado correcto es el de Admiración. Admiración por el mundo. Mundo que hace mucho era llamado “La creación”. Cosa que lo hacía más importante que el simple ser mundo. Porque aquí el eje del asunto no es el mundo. El mundo está en los ojos.

¿Dónde encontrar la admiración por este mundo no creado, sino en sus contradicciones, no en sus faltas? Debemos buscar las contradicciones de todos. No de ajenos. Y no sólo encontrarlas. Cumplirlas hábilmente. Para eso están nuestras queridas artes.

La cosa de la admiración es que nos agarre a todos. No a unos pocos. Ni a unos burgueses ni a unos grupitos de treintañeros fracasados. Que nos levante de los pies. Cabeza abajo. Democráticamente.

 

FUENTES DE INSPIRACIÓN, SIEMPRE FIEL A ELLAS (Eugenio Yevtushenko)

Ironía

El siglo veinte se ha burlado de nosotros.
Hemos sido estrujados y engañados como los impuestos.
El respiro de la vida ha erosionado nuestras ideas
tan rápido como ir deshojando hojas de una margarita.

Como los niños acostumbrados a crueles sarcasmos
dependemos ahora de una autodefensa
a través de la ironía no del todo escondida
ni tampoco totalmente evidente.

Ella ha servido como una pared o una represa
una contención para protegernos de la inundación de mentiras,
como manos que se mueren de risa cuando aplauden
y pies que se carcajean cuando marchan.

Pueden escribir sobre nosotros, y nosotros les permitimos
hacer películas sobre la basura de sus libretos,
pero nos reservamos el derecho
de tratarlos a todos ellos con una sutil ironía.

Por ese desprecio nos sentimos superiores.
Todo esto es así,  pero viéndolo más profundamente,
la ironía, en vez de ser nuestra salvación,
se convierte  en un asesino.

Somos precavidos, hipócritas en el amor.
Nuestras  amistades son apáticas, no son poderosas
y nuestro presente no nos parece diferente
de nuestro pasado, tan astutamente enmascarado.

Vivimos con mucha prisa a través de la vida. En la historia,
como cualquier Fausto hemos sido prejuiciosos.
Irónica con una mefistofélica sonrisa,
pegada  a nosotros,  nos persigue como una sombra.

En vano tratamos de evitar  aquella sombra.
Los caminos en frente o detrás de nosotros están cerrados.
Lo irónico es que tenemos que vender nuestra  alma
sin recibir de vuelta ninguna Margaret como la de Fausto.

Nos  han quemado vivos.
El conocimiento agrio nos ha hecho impotentes,
y nuestra cansada ironía, irónicamente
se ha vuelto contra nosotros.

(1961)

Babi Yar

No existe monumento en Babi Yar;
sólo la agria ladera. Y tengo miedo.
Hoy me siento un judío en el desierto
que de Egipto escapó. Me crucifican
y mis manos conservan los estigmas.
Me parece ser Dreyfus, condenado,
al que juzgan, escupen, encarcelan;
pero de pie resiste la calumnia
y el grito filisteo. Con la punta
de sus sombrillas en mi rostro vejan
mi indefensión mujeres que se acercan
con vestidos de encaje de Bruselas.

O también soy un niño en Bielostok.
De pronto estalla el pogromo.
La sangre derramada cubre el suelo.
Los que huelen a vodka y a cebolla
salen de la taberna y gritan todos:

“Mata judíos: salvarás a Rusia”.
Un tendero se ensaña con mi madre.
Otro hombre me patea. En vano rezo
plegarias que se pierden en la nada.

Me siento dentro
de la piel de Anna Frank que es transparente
como un ramo de abril.
No hacen falta palabras. Siento amor
y sólo necesito que uno a otra
nos miremos de frente.
Separados del cielo y el follaje.

Solamente podemos abrazarnos
en este cuarto a oscuras.
Quiero besarte una vez más, acércate.
Ya vienen. Nada temas: el rumor
es de la primavera que se anuncia
y del témpano roto en el deshielo.

Y en torno a Babi Yar suena la hierba
que ha crecido salvaje desde entonces.
Los árboles nos juzgan. Todo grita
pero el grito está hecho de silencio.
Al descubrirme observo mi cabello.
También ha encanecido. También grito
por los miles de muertos inocentes
masacrados aquí. En cada anciano
y en cada niño al que mataron muero.

Pueblo ruso, mi pueblo: te conozco.
Tú no odias ni razas ni naciones.
Manos viles trataron de infamarte
al usurpar tu nombre y al llamarse
“Unión del Pueblo Ruso”.** No perdono.
Que La Internacional llene los aires
cuando el último
antisemita yazga bajo la tierra.
No soy judío. Como si lo fuera,
me odian todos aquéllos.
Por su odio
soy y seré un verdadero ruso.

Abel Albino

Zizek, ante el problema de la contaminación y esta futura y posible catástrofe ecológica, plantea no alejarse del desarrollo tecnológico para volver a la naturaleza ni nada de eso, sino, sorprendentemente, volvernos aún más artificiales, alienarnos aún más del mundo en que vivimos, cortar nuestras raíces en la naturaleza, desarrollar un nuevo materialismo abstracto más terrorífico, un universo matemático donde nada exista. Sus afirmaciones suenan bastante trilladas pero son una propuesta bastante interesante acerca de cómo resolver un problema que nació de nosotros mismos y no de causas externas. Es muy contradictorio sentirse culpable de la “falta” contra la naturaleza si es al mismo tiempo la razón de nuestra existencia esta destructividad. La propuesta es: sin asustarnos del caos que generamos, sino contemplándolo y hasta aceptándolo, ser resueltos en cuanto a nuestros problemas diarios.

 

En todos sus aspectos nuestros problemas tienen una raíz moral. Le llamamos problema, más que a un ente maligno, a una revelación que nos pone en jaque. Es el caso con el “exceso” de contra naturalidad de los fenómenos que nos rodean, que no son solamente los ecológicos.

 

El médico pediatra Abel Pascual Albino, argumentando en contra de la práctica del sexo anal, e indirectamente contra la homosexualidad, junto con un montón de afirmaciones conservadoras, dijo que “El recto es un órgano de excreción, no absorción. (Practicar sexo anal) trae problemas luego, puede generar incontinencia y lastima y lesiona las mucosas porque no están preparadas para eso” adicionándolo al argumento de que es “contra natura”.

 

La raíz moral que tienen los problemas fisiológicos es demasiado evidente. Su resolución es demasiado subjetiva. Tranquilamente, si es que el recto no está preparado naturalmente para la sodomía, lo podemos hacer artificialmente sodomizable para el placer del que siga el deseo (una operación, un aceite especial, lo que sea). La resolución de nuestras catástrofes contra la naturaleza está en nuestro deseo. La dificultad está, como dice Zizek, en encontrar la poesía de este mundo nuevo y artificial. No caben dudas de que está en matar la moral y resucitar el deseo.

Ramiro de Mendonça

Fuentes:

http://www.clarin.com/politica/polemica-Albino-Urtubey-defendio-Cambiemos_0_1465053655.html

Resentimiento

Somos miserables, no quepan dudas, pero ¿Dónde está nuestra miseria? Es un logro pavo verla a nuestro alrededor. El mundo está mal. Está lleno de pobres. Está lleno de boludos. Está lleno de discapacitados, enfermos. Está lleno de muertos. Verla en el otro siempre es fácil. Ni hablar cuando el otro presenta estigmas como su clase social, falta de normalidad, etc. Esta miseria se nos esconde y se presenta revestida por el resentimiento en nuestro discurso y argumentos, o se presenta como un disparo al que no encontramos explicación y del que queremos escapar apresuradamente. Sintéticamente podría dar dos ejemplos claros para ambas apariciones: la misoginia y el rechazo. El desprecio por la mujer que la sitúa escalones abajo en cuanto a derechos, capacidades, etc. está relacionado muy íntimamente con un resentimiento y una insatisfacción respecto a esta como objeto de deseo. Toda la argumentación que de la insatisfacción se desprende reviste la miseria personal que cada vez más se oculta. “La primavera y el verdor han humillado tanto mi corazón que he castigado en una flor la insolencia de la naturaleza”. Cuando la miseria hace una aparición demasiado clara como en el contraste entre la belleza y el yo, nos oscurecemos y nace la necesidad de destruir aquello que envidiamos ser. En el contacto con el otro y fundamentalmente en el rechazo o la indiferencia, la claridad de aquello a lo que tememos es la más fuerte, de hecho ahí solemos hacer nuestro primer paso hacia la miseria, desde nuestra reconstrucción del mundo a partir del rechazo, algo que habla más de nosotros que del otro. Es el primer paso porque la miseria no existe, sólo es resentimiento e ignorancia.

No hay nada más conservador y avejentante que el resentimiento. Detiene el fundamento de todo lo que pensamos, ciegamente, en el fantasma del rechazo. Vuelve seductores deseos enemistados con el reconocimiento como violar o matar, y los encuentra justificados solo por ser deseados, tirando hacia el contrario de la reflexión y la retrospectiva. Es muy notoria la prisa y la mala fe con la que se producen argumentos para el asentimiento a la prostitución, el terrorismo de Estado, la xenofobia, la homofobia, la moral de trabajo sin conciencia de clase, etc. Hay que desconfiar cuando los pensamientos y los discursos son tan acelerados y seguros.

Pensamos escapando. Contaminados por un dolor que no nos tomamos el tiempo de ver, vivimos con el fantasma, la representación de un hecho temido, la indiferencia, y así nos lanzamos al desprecio que vuelve irrevelable la miseria personal. Cada vez que nos chocamos con hechos que generan nuevas representaciones de esta como cuando nos clavan un “visto”, no nos invitan a algún encuentro, cuando vemos que otros se toman libertades que no tenemos, o satisfacen deseos que nos parece imposible satisfacer, o se burlan de nosotros respecto a nuestras imposibilidades y diferencias; ahí nace un resentimiento que puede ir contra uno o cualquiera.

Principalmente producimos resentimiento a partir de la libertad que vemos en el otro y no sentimos. El resentimiento es fealdad y la libertad, la condición necesaria de la belleza. No lo pensemos de una manera aristocratizante. Los negros del conurbano, los “choriplaneros”, como les llaman, o mejor dicho esa idea que se tiene, ese estereotipo de ser humano que mantiene un estado de ocio, se dedica a los vicios y a sus deseos más inmediatos, tiene hijos todo el tiempo, y de él no parece salir ningún escrúpulo al respecto; ellos son libres en un aspecto que el que se considera un trabajador, tanto un pobre diablo encerrado en una fábrica o un Mc Donalds, o un productor agrícola al que no le faltan oportunidades, ambos (y también el joven acomodado que no trabaja), muestran un repudio total hacia el negro conurbanense, y el repudio, aunque suene trillado, es envidia, es insatisfacción respecto a lo que uno mismo hace con su vida. El conurbano y las villas poseen belleza, no es un dato menor que los jóvenes de los countries jueguen a ser villeros o tomen en parte esa estética, comprándose motos, usando gorras con ese estilo, cagándose a trompadas como ellos, escuchando su música, etc.

Un chiquito de doce años en calle Corrientes camina por las escaleras del subte y la vereda. Pide monedas y amenaza con llamar a sus hermanos cuando no le dan. Cruza la calle y escupe autos, motos o colectivos. Dice guasadas a todas las mujeres que pasan. Es morocho, está sucio y tal vez drogado. El doctor Abel Albino nos diría que sólo es un problema de desnutrición, abuso de menores y drogas (sobre todo de sexo anal). Pero vamos realmente a lo chocante. Este mundo no está hecho para ese chico. Este mundo es bello y es muy distinto a él, que jamás podría imitarlo. Por eso lo escupe.

En la belleza vemos nuestra esclavitud. Su brillo es nuestra miseria y por eso deseamos castigarla.

Ramiro de Mendonça

La trampa de la cultura

La abarcatividad del término cultura da refugio justificativo a cualquier acto con, por lo menos superficialmente, intenciones creativas así como también al relativismo y a la falta de juicios acerca de qué debe ser rechazado como arte y qué no. La creatividad tiene la posibilidad de ser denominada mediante otra manera de conceptualizar, dejando de lado su implicación como cultura y todos los problemas que la palabra cultura conlleva, los cuales están acallados en el uso cotidiano al que creo referirme. Considerar a la creatividad como acto de libertad, como acto causado por deseos, podría cambiar la perspectiva (por lo menos en este instante, porque es solo una pequeña propuesta).

La libertad tiene como virtud el no poder dar justificación a aquello que le incumbe sino que invita al juicio y a la mirada subjetiva, horizontal y violenta de lo que está bajo su ala conceptual. Es cierto que también se la suele usar en la misma acepción que el de cultura, como cuando pensamos que la libertad es un ideal y todo lo que reniegue de ella es el enemigo, de manera que termina como garantía de cualquier acción o justificación de deseos o caprichos. Pero a diferencia del concepto de cultura, el de libertad responsabiliza tarde o temprano al causante de los actos a través de las contradicciones entre sus deseos (cosa que el término “cultura” no parece contener por lo menos en su acepción más cotidiana: la contradicción como algo que mueve a la decisión y la distinción).

La mirada propuesta por el término cultura quita responsabilidad al observador y da legitimidad a lo observado. Quiero decir que el que contempla “la cultura” se desentiende de su angustia y su quehacer “cultural” como algo que puede no ser maravilloso (y por lo tanto no dar movilización a ciencia alguna).

Todo en algún sentido corresponde a la cultura y, por lo tanto, un pobre poema puede pretender ser algo importante solo por pertenecer naturalmente a la cultura. Esta intención de pertenecer suele pesar más que la intención creativa. Es la búsqueda de un consuelo para la baja autoestima. Y ahí está el problema que hace a la farsa: la pretensión de que la cultura sea algo por sí y en sí mismo valioso para poderse sentir parte de algo que a uno lo trascienda.

No deja de ser verdad tampoco la idea de que la cultura sea un bien por sí mismo, pero lo que sí es inconsistente es el mal uso de esta idea y la tonta creencia de que es inmediato el acceso a su porqué. Es un bien, pero primero hay que haber llegado a contemplar eso con claridad, lo cual creo que es un camino muy personal.

Continúo por esto proponiendo el concepto de libertad para considerar nuestros actos creativos, de hecho es mucho más difícil hablar de libertad. Imaginemos que le cambiamos el nombre a toda institución con la palabra cultura: en lugar de centros culturales tendríamos centros de ejercicio de la libertad, en lugar de ministerio de cultura tendríamos ministerio de libertad, en lugar de hablar de la cultura de los pueblos hablaríamos de la libertad de los pueblos. Suena, o por lo menos a mí me lo parece, a que podría ponernos en jaque y quitarnos un poco las máscaras semejante cambio de conceptos. Más allá de lo que suceda realmente, el término despierta otra cosa, porque hace repensar los actos como deseos y por lo tanto a la creación como algo que también corresponde a los deseos y que muchas veces lo que vemos como una mala obra de arte, aunque la llamemos “cultura”, es tan sólo el resultado de un montón de otros deseos que no son el de crear, sino necesidades afectivas, o sea, consuelos.

En la libertad no hay consuelo, puede ser que no seamos el reflejo de ninguna época o lucha ni marquemos el fin o el comienzo de nada. Hay que saber que esto también es posible. La libertad abre la puerta al juicio porque lo puesto en cuestión pierde la justificación anónima e imaginaria de ser algo “dado”, pasa a necesitar salirse de una sola subjetividad y encontrar un contexto, por eso pasa a ser lícita la crítica desde la subjetividad, así como es perfectamente lícito que un hambriento prefiera un guiso en lugar de escuchar las recitaciones de un poeta, lo cual sería una crítica bastante violenta por parte del hambriento, aunque las hay así de violentas sin ejemplos exagerados (el acto creativo tiene el deber de encontrar su lugar en el mundo, el arte no es obligatorio sino que tiene obligaciones, cosa muy distinta, obligaciones de buscar y hasta de crear aquello que busca, su contexto).

Por último, digo que la palabra cultura parece designar un adorno. No está mal aquello que despierta una pieza pasible de estudios antropológicos, pero es muy diferente encarnar algo a sólo imaginar el pasado.

 

Ramiro de Mendonça

La piel oscura

La piel oscurecida representa en el Cantar de Cantares una piel vergonzosa, que es excusada por la enamorada con el trabajo bajo el sol al que la obligaron. Y es eso en parte a lo que refiere la piel oscurecida y que también avergüenza: el trabajo, la falta de  virtud aristocrática. La blancura permanece en la pureza, hasta han habido teorías acerca de cómo la humanidad se volvió negra si Adán y Eva eran blancos, refiere a la inocencia, a la falta de corrupción, en síntesis, a lo ideal. En cambio, la piel curtida por el sol lleva en sí la salvajuria o por lo menos el ser algo de segunda. No sabría decir bien si se lo suele asociar con el mal, pero sí, a causa de su falta de virtud, con la ignorancia, el gusto por el placer inmediato, el pecado, la falta de reflexión, vergüenza, escrúpulos, o, para abreviarlo, con actitudes que solemos llamar “negradas”.

A la hora de dejarse llevar por un objeto de deseo, querer “hundir el yo en la carne extraña” dice Baudelaire, somos, obviamente, muy selectivos, nuestro dejarnos llevar no es absoluto porque en ese caso la voluptuosidad nos hundiría en la masturbación, la homosexualidad o la zoofilia, y quedaríamos abismados hasta morir. Entre nuestras elecciones, más allá de que haya oportunidad de elegir o no, la concepción que venía mencionando hasta hace poco suele condicionarnos en gran medida, sobre todo cuando nos pesa la baja autoestima, la falta de experiencia y la mediocridad de la clase media que suele creer estar más allá de donde puede estar. Y porque se trata de “hundir” el YO y no otra cosa, no hundirse enteramente, buscamos la virtud aristocrática en nuestros objetos de deseo, o sea, la pureza de las formas, mientras que la monstruosidad deseante sólo queda en nosotros.

Caemos entonces en la enorme contradicción de querer hundirnos desesperadamente…pero no tanto, porque somos muy selectivos. A ningún hombre o mujer feos les falta la experiencia de haber buscado el amor de alguien tan o más feo que ellos y que este los ignore como si se tratara de la gran cosa, esperando seguramente alguna clase de príncipe azul. Y la fealdad no es otra cosa que la miseria de las formas, un lugar donde no hay virtud que buscar porque todo ya está dicho en los cuerpos. La piel oscura entonces es víctima de una dicotomía y toma de ella la parte menos deseable, por lo menos a primera vista, está menos iluminada por las ideas del bien y la belleza que la piel blanca y los rasgos europeos.

Pero toda dicotomía es como un nudo, y los nudos se pueden desatar, aunque no tirando del hilo como lo creería un necio. Todo aquello que es víctima de rechazo es parte de lo que somos y no dejamos ser, aquello que invisibilizamos o le asignamos la falta de forma y determinación buena, la monstruosidad. Y, como ya vengo diciendo, esa monstruosidad es completamente nuestra y todo gusto caprichoso le cierra las puertas.

Y la cuestión es: si somos eso ¿Por qué no conocerlo, llevar el deseo hacia aquello que no tiene forma en nosotros, tal vez porque todavía no se la dimos? Los ideales de belleza nos dejan muy solitarios y xenófobos.

Bronce enloquecido llama Fijman al cuerpo de una paraguaya. Lo asocia al monte en su olor y a los naranjos. Yo he visto hasta el color de la plata en el reflejo de una luz de bajo consumo sobre una piel oscura. Es una piel que brilla distinto, que da curiosidad y ternura y pasión irrefrenable cuando ya estamos hartos de buscar el consuelo de nuestras miserias en la angelicalidad etnocentrista de una rubia o una colorada. La virgen María no tuvo porqué haber sido blanca y no tuvo porqué haber sido virgen, buscamos siempre nuestro reflejo en la idea ¿Porqué no abrir la imaginación, la única idea posible, volcarla en la materia y hacer del amor algo más que una dicotomía frustrante?

Color azul

Existe un momento determinado del anhelo sexual en el que este mismo pierde su puerilidad desesperada tan frecuentemente desviada en la histeria o el ser pajero y se transforma en otra cosa. La cuestión es en qué otra cosa se transforma. No estoy hablando de una satisfacción, lo cual en realidad no es posible en ningún deseo sino sólo como muerte de este mismo a través de un éxtasis del que en su desplome puede verse la total falsedad. No sé precisamente si es que se transforma, porque transformarse significa pasar de ser determinada cosa a determinada otra, con cierta carga de reciclaje o mejoramiento, y eso no es lo que pasa porque se trata de un momento del anhelo sexual en el que su determinación es confusa y al mismo tiempo el claro entendimiento del anhelo, o sea, su comprensión como algo determinado, es la puerta necesaria para encontrar aquél momento.

Sucede que anhelar sexualmente, con su implicación de puerilidad, es un hecho que sacude y entorpece al individuo hasta hartarlo. Se necesita evadir constantemente la conciencia de este anhelo y transformarla en destructividad u orgullo inútil. Pero la concientización de uno mismo acerca de la propia situación es un puente precisamente hacia el momento del que hablo, donde se encuentra en su forma más nítida y pura la necesidad de escapar de la realidad y todo lo que de prisión esta tiene. Se podría llamar en este momento del que hablo anhelo de libertad al anhelo sexual transformado, pero la libertad es una fantasía un poco posterior. Es un momento en el que el individuo no cree más que en fantasías y la culpa por la prisión de la realidad es como un despertar al que no quiere volver y del cual, al escapar, más crece la amenaza de que revienten en angustia todas las fantasías. No es una evasión porque no es un escape ejecutado sino sólo el anhelo de escapar concientizado.

El dolor y la dulzura de la vida resultan como las dos distintas sangres que pasan por las distintas cavidades del corazón. Este momento es el amor en su forma de escape, el enamoramiento en muchos casos, aunque no siempre.

No sé porqué desde mi propia perspectiva identifico este momento con el color azul. Si tuviera que encontrar razones o metáforas universales para encontrar un vínculo, diría que tanto el cielo como el océano, relacionados con el azul aunque no precisamente azules, no son azules. El océano, dentro de un vaso, es incoloro, y el cielo visto de cerca, no creo que sea azul. Estas dos invasiones visuales constantes en nuestra vida, por lo menos en el caso del cielo, que tan fácilmente pierden la certeza de su color, lo cual deja un gran vacío en la idea que se tiene de ellos, podrían estar relacionadas con el momento del que hablo a causa de su tan rápida desarticulación. Lo que quiero decir es que el azul es un color, o la idea de un color, de algo que está vacío y da la ilusión de ser algo continente, precisamente como le ocurre a cualquier fantasía o, mejor dicho, a todo el lenguaje. Por ello es también el color del anhelo de escapar a la realidad que nos aprisiona o, mejor dicho, el color de lo anhelado, lo que parece ser sólo en proyecciones, pero no existe más que en ellas.

Juzgo que el escape es una de las formas del amor y no sé si la única posible. Toda la transpiración del alma inclinada sólo hacia algo que no es. Un deseo puramente espiritual excusado en la carne de alguien. Escapar de otros, escapar de uno mismo. Escapar de la soledad, aún estando más solo.

Hay una película, una escena y una estética que muy bien me parecen para ilustrar estas ideas: La mirada de Ulises (Το βλέμμα του Οδυσσέα), una película de Theo Angelópoulos, de la que mi entendimiento es casi nulo en cuanto a su totalidad pero desde mi goce tomo principalmente el constante clima de nieblas u oscuridad, guerra y opresión, nostalgia y desaparición, clima en el que los ojos del protagonista, un barco, el mar, y no podría recordar qué más, resaltan en la imagen con su azul como algo en algún sentido cálido, o como refiriéndose a lo cálido por medio de la frialdad del azul, el calor visto desde toda la impotencia helada de la vida (o esta reducción ficticia de la vida) dando sentido y esperanza finitos pero innegables. Joseph Brodsky llama a la mariposa (la cual yo interpretaría como algo cálido) una encarnación de la nada que es “digna de la mirada/como ligera barrera/entre ella {la nada} y yo”, una ligera barrera; lo que nos mantiene vivos.

El hecho de querer escapar es lo frágil, saber que es el único deseo y lo único que hay, sentirlo, sufrirlo, admirarlo.

Ramiro de Mendonça

La belleza del alma

“DOCTOR STOCKMANN. (En voz baja.) ¡Chis! ¡Silencio! Todavía es un secreto; pero vengo de hacer un gran descubrimiento…

SEÑORA STOCKMANN. (Extrañada.) – ¿Otro descubrimiento?

DOCTOR STOCKMANN. – Sí, otro. (Congregando a todos en torno suyo.) Helo aquí. Escuchad. El hombre más poderoso del mundo es el que está más solo. “

Henrik Ibsen, Un enemigo del pueblo.

Suele considerarse desde un punto de vista común que la belleza de una persona está en su exterior y/o en su interior o en ninguna de estas dos partes. En defensa de lo que se considera feo externamente se puede acudir a la admiración de lo interior, lo cual, supuestamente, es superior a lo exterior. Esta defensa es motivo de burlas para los que creen entender la verdad de las cosas, o sea, una verdad material; y de hecho la burla termina teniendo más peso, pareciendo desnudar a la defensa y dejándola como un consuelo tonto. Pero estas no son más que apariencias basadas en metáforas demasiado abarcativas como lo son las ideas de interior/exterior. Lo exterior parece referir al cuerpo y el interior al alma, y la belleza del cuerpo parece ser algo medible según criterios ya dados que en realidad no están del todo claros. La belleza del alma parece ser la de la bondad, ser buena persona, que la mayoría de las veces no significa más que ser sumiso. Es así que todos pierden, porque sólo buscan consuelos y seguridades momentáneos sostenidos por la falta de indagación que tienen las determinaciones apresuradas, defendiéndose o atacando, como sea. Pierden en un sentido contemplativo y nada más, no digo que no sean hermosas estas revoltosas disputas que surgen durante la juventud.

Nadie ve lo que ve. Un espejo no es de ningún color más que el que refleja. Esa es la condición de todo lo material, reflejar al espíritu. Es un problema entonces saber precisamente cuál es la belleza natural del cuerpo, qué hay de bello en un cuerpo que no dependa de lo que desea ver el espíritu. Y la respuesta a ello es que no hay nada que saber acerca de esa belleza natural. En la materia instantánea hacemos que se revele nuestro deseo de lo natural, nuestro deseo de la belleza, el cuerpo del otro es un molde vivo. Por lo tanto nuestro cuerpo también es el molde vivo de un deseo que en la fantasía del yo encuentra tanto la razón de su vanidad como de su miseria, y no es en este yo donde está la belleza del alma, que bien notorio es ya que no hay un alma individual porque el yo y el otro son fantasías o formas vacías, o sea, producciones del deseo en las que al contrario se ve reflejada la búsqueda de lo bello, y perderse en ellas como si se tratara de cosas materiales, ajenas o permanentes sería tener una idea poco conciente de la belleza del alma. Entonces no queda otra cosa que ver la belleza del alma en un cuerpo, o sea, en un molde sobre el que lo que llamamos personalidad se despliega y nada tiene que ver con el yo, que en este caso no tiene mucho lugar, ni tampoco el otro, sólo en casos de celos, que son muy seguidos. Recordemos que el concepto de persona tiene raíz en el concepto de máscara (http://etimologias.dechile.net/?persona), y la personalidad en algún sentido sería el desenvolvimiento o la liberación de cosas a través de una máscara, la “manera de ser”, como dice la mayoría, porque una “manera de ser” siempre es determinada, como es determinada una máscara y sus repercusiones, y es así que nos representamos a través de la “manera de ser”, como una fórmula específica en la que se da el desear, la cual vemos en los individuos, que no son más que parte de una determinación producida por el deseo anónimamente, los cuerpos son el molde de la máscara.

La belleza de un alma es su manera de desear y las razones por las cuales elige lo que elige. En cuanto a su manera de desear digo que existe una especie de estado de erección en la que el deseo recrea el mundo y se da a sí mismo la libertad de ver las cosas desde el vacío y no desde las cosas, o sea, desde un punto de partida distinto del de la experiencia y la costumbre, desde el sin sentido, en el cual se potencia la capacidad de fantasear. Obviamente nace de esto una distancia entre las creaciones a partir del vacío y aquella fantasía de realidad preestablecida, por así decirlo, aquello que ya está dado, que no es más que una negación del vacío del deseo. Hay un choque doloroso entre fantasía y realidad, libertad y determinación ajena, que hace del yo algo insignificante, y el yo, en su función unificadora, no utilizado en actitud ególatra y esas miserias del autoestima falso, es la puerta hacia la erección del alma, o sea, la disposición creadora. Este estado de erección puede tomar muchas formas en nuestra actitud hacia la vida, y la más joven de todas es, por supuesto, el enamoramiento, que se podría decir que es el más intenso pero a la vez el de más corto plazo a causa de su torpeza y tendencia al capricho. Lo general de la erección es imprimir sobre el mundo una fantasía nueva y dirigirse hacia él de acuerdo con lo que esta diga, y en el contacto que hace con él nace el dolor por la distancia entre fantasía y realidad, dolor que puede ser irreconocible para el individuo y hacerlo ser visto ante otros como infantil y torpe. Siempre que haya dolor y no haya conciencia de este se pudrirá la erección del alma y se formará un nudo: el capricho. Evidentemente lo que sucede en la manera de desear, o lo importante, no es el objeto deseado, cosa completamente inexistente más allá del fantasear. Lo bello es cómo desea, y hasta se podría decir cómo se arriesga en el arte de fantasear cuanto más duele, y más bello aún si aquello que duele puede aguantarlo y seguir deseando sin nudos, transformar ese deseo, cosa que sucede más que nada en la creatividad artística, aunque no se le niega a otras creatividades. El dolor por la distancia es un dolor muy difícil de aceptar y por eso resulta delirante continuar buscando para los que observan al alma deseosa, y en gran parte tienen razón. Pero no es por el miedo al dolor que es mejor dejar de lado el deseo cuando la distancia es irreconciliable, sino que es por el capricho, el cual ya es un enredo, una falta de armonía, negación de la distancia; la negación llama al miedo y el miedo es nuestro peor enemigo, tanto el miedo como el miedo al miedo son causantes de las impotencias del alma. A pesar de todos los inconvenientes que conlleva (la frustración, la estupidez) es el estado de enamoramiento, en el que la fantasía deja de lado a la realidad a la manera quijotesca, el más directamente admirable, o tan sólo uno de los primeros, o un representante. Por miedo al sufrimiento y a la fragilidad en la que creemos que nos deja este estado, lo evitamos, así como evitamos seguir ideales utópicos y todo lo que no encaje con la realidad. Preferimos ser más fuertes y duros respecto a nuestros deseos, aunque lo blando se rompa con menos fragilidad (cuando no hay capricho).

El deber es una fantasía de orden en el mundo que recicla su distancia dolorosa con la realidad actuando sobre esta. Seguir al deber es actuar y desear, vivir, según esta fantasía. Imprimir, como dije antes, contrariamente a la realidad, el propio deseo. En ese actuar, esa manera de ser, la erección del alma se mantiene imperturbable, el mundo cambia al deber y el deber al mundo, cada vez que esta se sienta amenazada por el encaprichamiento. El alma noble o la representación noble del alma es la que crea y recrea el deber, desea según este, desea el deber. Existe un despertar ético, un sentido de la responsabilidad y una obligación de reconocer una verdad. Poco le dura a algunos, cuando los toca lamentablemente lo transforman en culpa. Reconocer una verdad es reconocer el propio deseo, el de luchar, el de actuar, el de unir los dos mundos y que sean uno sólo en las determinaciones libres del individuo. La erección del alma es una actitud activa en la que se despierta, la razón y el deber se levantan, “Subordinar la idea a las cosas significa renunciar a la libertad, al libre albedrío, en tanto que subordinar las cosas a la idea significa dar preeminencia justamente a la libertad.”, según Alfredo Cahn.

¿Porqué se confunde la bondad de un alma con la sumisión a lo establecido y la falta de manifestación de los malestares o búsqueda de problemas? En algún sentido es admisible éticamente la actitud de no descargar en los demás las ansiedades individuales, es una actitud sensata y eficiente, pero estas ansiedades en algún lado se descargan y no creo que no las haya detrás de un individuo de actitud como esta de la que hablo. De hecho, a través de la expresión violenta del malestar sobre los otros se reconoce en uno mismo la vergüenza y el deber y se descubre la posibilidad de búsqueda de algo nuevo, efectivo y sano. Es muy probable que aquellos a que llamamos “buenas personas” sólo sean masoquistas o discapacitados para la violencia. La humildad y la simpleza son metas, no son cosas nacidas naturalmente, y si lo parecen en alguien, son sólo una apariencia.

El alma distendida es la que dedica su vida a “bienes menores” según San Agustín. Es un alma insatisfecha y ajena a la plenitud, propensa a interpretar que existen males o que Dios no existe. Estos “bienes menores” son todo lo que venga del mundo sensible y no sea utilizado con el fin de acercarse al “bien superior”. Las razones que da no son tan arbitrarias cuando habla de la superioridad de este segundo bien: encuentra en sí mismo, o sea, a través de la fantasía del yo, algo que resulta ser mucho más grande y abarcador que lo que sus solos ojos ven, esto es, la memoria. En un juego de ser y no ser se aparecen en ella todos los datos de la sensibilidad y toda la fantasía con la que interpretamos el mundo (las relaciones simbólicas y significativas entre las cosas con las que las constituimos como objetos), es así que descubre cómo tiene más peso aquello que no está precisamente en el mundo de lo sensible, de hecho, no está en ninguna parte si se lo piensa bien, que aquello que pensamos como el universo entero. Y es que la fantasía exteriorizante que exime de responsabilidad al yo es bastante inestable y mediocre. San Agustín, por así decirlo, desnuda la sensibilidad que creemos más coherente y material, hace que se vea cómo es de dependiente de nuestra memoria, que a la vez es y no es, de nuestro juicio y de nuestro deseo por último. Desnuda nuestra capacidad de fantasear, que en realidad no es ni grande ni chica, porque esas son determinaciones sensibles y nada más, pero que hace inestable todo tipo de criterio acerca de nuestro acostumbramiento a la realidad sensible. En ese sentido, la ceguera ante el vacío que hay detrás de la fantasía nos hace débiles, dependientes e irresponsables. Es verdad que el yo es también una fantasía, pero es para Agustín una fantasía unificadora, una a través de la cual se llega al conocimiento de nuestra condición de ser en el tiempo, el ser que no es, la dualidad, siempre propensos a alejarnos de la eternidad del instante y vivir en el pasado o el futuro. Por medio de la interiorización yoica encontramos el vacío del deseo y al mismo tiempo una unidad que es la de ver todo en uno a causa del vacío. Ante esta situación Agustín busca en el supuesto deseo de todos los hombres de poseer la felicidad un motivo para darle a la unidad del deseo un peso fuerte, quiere verlo como una huella de Dios. Un alma ya sin distensión es la que dirige su mirada al interior por propia voluntad, busca ese vacío y hace estallar en él el sin sentido de la esperanza, desea por el desear mismo, y ese es su único hecho, prueba y verdad. El alma erecta hacia Dios.

En fin, respecto a los términos exterior/interior cuando hablamos de belleza, por lo menos en el secundario, resulta que dependen totalmente de cómo nos representemos la personalidad de un individuo y cuál es la disposición creativa que tengamos, o sea, qué queremos de nosotros mismos. El ser malvado siempre será más interesante que el ser bueno y sumiso en nuestras representaciones, si nunca nos replanteamos qué nos representamos como bueno. El paradigma físico establece y aplasta con su poder a los incapaces que lo siguen. Nuestra decadencia corporal, universal, todos envejecen, nos dará una buena patada, aunque alguna vez nos hayamos visto lindos frente al espejo. La superioridad de la belleza de un cuerpo sobre otro depende de qué quiera reflejarnos el espíritu en el espejo (sean los otros el espejo o nosotros mismos).

Ramiro de Mendonça

El hombre y la Esfinge

Rostro de mujer, cuerpo de león, alas, a veces senos de mujer también, en el caso de las esfinges egipcias el rostro era de un hombre (androesfinges según Heródoto), aunque para los egipcios no representaba lo que para los griegos, la suya era símbolo de realeza y vida después de la muerte, lo cual es bastante distinto de la esfinge demoníaca y femenina de los griegos. Esta otra era una devastadora de ciudades que solía cantar enigmas y estrangular a los que no los resolvían, destruía las cosechas, era hija de la horrible Quimera y de Ortro, perro de dos cabezas hermano de Cerbero (perro de Hades).

Que la razón vence a la bestialidad es una idea con la que elaboramos nuestros pensamientos cotidianamente, sobre los cuales somos los grandes reyes. En ellos todos nuestros enemigos son nuestros esclavos, todo el mundo es como uno plantea que debe ser, toda mujer está a nuestros pies. Los pensamientos son como un montón de sogas de lenguaje que forman una red o lazo que atrapa o quita libertad a cierta bestia que a la vez es el objeto de nuestro deseo. En algún sentido la ilusión con la que convivimos tanto viajando en el colectivo como cuando nos estamos levantando de la cama o por dormirnos sobre ella, nos ayuda a evadir la bestialidad a la que tanto tememos.

Edipo es el único que pudo resolver el enigma de la esfinge. Pero a su vez la resolución del enigma y la muerte o huida de la esfinge no son más que un postergamiento del abismo del que Edipo huye, porque luego se tendrá que enfrentar a las cosas de una manera peor (siendo desterrado del que sintió su lugar en el mundo y enterándose de que ya había ocurrido por su propia mano aquello de lo que escapaba a cometer). Pasolini le hace decir a la esfinge, enfrentándose a Edipo, “El abismo al que me mandas está dentro de ti”, en una escena bastante bizarra en la que ni siquiera se menciona el enigma, sino que con mayor fuerza se muestra la futilidad que tiene el resolverlo, y en la que él la vence y la hace desaparecer.

Según Aristófanes el Gramático éstos son el enigma cantado y la solución de Edipo según el mito:

“Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo una voz, y es también trípode. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, aire o mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.”

“Escucha, aun cuando no quieras, Musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez.”

El objeto en cuestión del enigma de la esfinge es el hombre ¿Pero a quién le alcanza con descifrar un juego de palabras que refiere a algo no definible más que con un estúpido nombre? Y, a pesar de que pregunta por un “cuál es” y no un “qué es” ¿Quién sos vos que cambiás tanto de aspecto con el tiempo a diferencia de los demás animales, que sos incapaz de encontrar una identidad tanto en el sentido de igualdad con vos mismo y permanencia como en el sentido de una respuesta definitiva a este “qué”? La pregunta sería “Cuál es el animal que no tiene identidad consigo mismo sino que todo intento de identidad termina en un abismo, ese que está dentro suyo”, así como decía la esfinge de Pasolini. Edipo no venció a nadie.

La seguridad masculina consiste en el encadenamiento de la bestia a nivel imaginario. Pasar el día pensando a la amada como poseída. Pero estos son sólo pensamientos que mantienen los miedos vivos y encerrados. Edipo mantiene a la bestia alejada y se vuelve el rey de la ciudad, hasta que en cierto momento otros males empiezan a azotarla. Y no olvidemos la reacción de Edipo ante el descubrimiento total de su propia tragedia: sacarse la vista.

Esa entrega hermosa, dócil y fiel que hace aparecer a la mujer como una niña es confundida o aprovechada por la imaginación masculina como una posesión, una excusa para encadenar el propio abismo ¿Quién puede resolver a una mujer o, mejor dicho, quién puede encadenar el deseo?

En este poema de Ramón Pérez de Ayala está la razón por la cual la respuesta a la pregunta es Nadie:

“Vivir no es sino amar.
Amar, tres cosas puede ser:
desear, poseer, recordar.
Pero, la posesión suele amargar, 
como el recuerdo suele entristecer.
Sintámonos vivir,
poniendo un poco lejos el placer,
aun cuando lo podamos conseguir.
Caminar al mañana. No al ayer.
Desear. Desear, hasta morir.”

Hay dos maneras de transformar el deseo en abismo: creer que falta todo y que todo lo que parece no faltar ya se perderá, o creer que no falta nada y no hay más nada que buscar. Dos polos que se pueden ilustrar con el soltero desesperado o con el marido aburrido, que no dejan de ser respuestas de un mismo personaje.

Repito: todo intento de identidad termina en el descubrimiento del abismo. Evidentemente no podemos reconocer identidad alguna más que con vanidad y caprichos tercos, el deseo es el devenir, el devenir el destino, y el que no va con el destino dicen que este lo arrastra consigo.

Se dice que la esfinge cantaba sus enigmas, fue llamada por Sófocles “Cruel cantora”. Lo dulce del canto se mezcla con lo amargo del estrangulamiento y la duda que dejan sus enigmas. En cada representación de la bestialidad quedan huellas de su representación contraria, de otro modo no dejaría lugar al miedo, que se alimenta de la incompletitud de la representación. La dulzura de la entrega femenina siempre deja lugar al no querer perder, esa negra impotencia que nos sigue mientras corremos a besar la niñez y la salvación. El terror a la indiferencia de las garras de la esfinge ante nuestras necesidades afectivas mantiene detrás el recuerdo de la seguridad que nos da el poseer lo que amamos, el estar pegado a ello ignorando lo que hay más allá de las sábanas con las que nos tapamos hasta la frente. La esfinge es una combinación forzosa de bestias y de miedos que resulta no sólo indomable para el espíritu sino también seductor, porque no hay terror que no seduzca.

No hay manera de no haberse cruzado una niña o una esfinge, son representaciones inevitables. Lo que sí tal vez pueda lograrse es que estas no nos dejen llevar ni trastornen tanto nuestro desear, como propone Pérez de Ayala. Por otro lado está la esfinge egipcia que impone un respeto religioso un tanto leviatánico pero también un llamado al progreso. Sus esfinges tienen rostro de hombre, mejor dicho, de faraón, sus cuerpos felinos están sentados y miran hacia el este, en algunos jeroglíficos aparecen las esfinges pisando cabezas de hombres, o sea que también para ellos sirven como demostración de poder ante los otros. Tengamos en cuenta también las dimensiones de las esfinges egipcias, como la de Guiza, la de Alabastro, o en otros casos de pequeñas dimensiones pero en gran cantidad, como en el caso de la Avenida de las Esfinges o el Templo de Karnak, donde éstas tienen cabeza de carnero. Simbolizan realeza e inmortalidad, en este caso la bestialidad no está evadida y creo que tampoco domada, sino que se encuentra una especie de acuerdo entre el deseo del hombre y el deseo de la bestia, o sea, los mismos deseos, todo pasa a estar sublimado en algo nuevo, que es la creatividad, muy evidente en el exceso de edificaciones poco humildes que nos dejaron. Parecen representar estas esfinges un momento del hombre en el que el entusiasmo y los objetivos todos no se detienen por nada, miran al este, donde el sol sale, siempre nuevo, y no intentan comprender enigmas porque no tienen nada que atar, son aquello que antes temían.

Es verdad que poco queda para aquellos que son aplastados por sus garras o aquellos esclavos reventados que levantaron semejantes obras. Es difícil creer en una sociedad que mire toda hacia el este y en la que el trabajo sea dividido sin envidias, seguramente no era el caso de Egipto. Sólo queda pensar las cosas en el plano individual, se esté donde se esté parado en la sociedad: la única manera de ganarle al abismo es que este no tenga nada que comenzar a mirar dentro nuestro.

Ramiro de Mendonça

La Pija Peronista

El que no vió el video es posible que no entienda. Si no les es perturbador el verlo, busquen en google: “Pija peronista”, y el link les aparecerá y los llevará a alguna página pornográfica que contenga el video.

Lo que voy a escribir es posible que mucho no tenga que ver con el supuesto tema principal del video, que es un juego inocente, lamentablemente inocente, como un Boca-River y no mucho más lejos de eso. Así es tomada la política hoy en día, y no es algo precisamente malo, porque jugar siempre es bueno, pero este video es una excelente prueba de cómo pensamos las cosas las grandes mayorías, de todos los bandos. Lo importante es en realidad el juego y la unión, la verdad, el sexo, que tan hermosamente corrompe la vanidad con la que nos aferramos a un partido político, y también la amistad, porque sé muy bien de un cantito que dice que los enemigos siempre están dentro del partido y los amigos fuera, según cierto experimentado militante que tuve una vez de profesor.

Yo no creo que este señor dueño de la pija peronista sea un gran artista. Pero sí reconozco que es un tipo bastante atrevido, sobre todo consigo mismo, como para filmar un video así, teniéndola tan corta, y luchando contra ese hecho de una manera no memorable pero sí recordable cariñosamente, porque termina burlándose de sus cotidianas manías y complejos, mostrando a los demás la posesión de una inmensa belleza, entregada como nadie, que apaga y transforma los sentidos de la realidad y la imaginación mediocre.

Aunque no tan violentamente, el dueño de la pija peronista está cometiendo un pecado. Se está enredando con las fuerzas del mal. Pretende convertir sometedoramente a su amante violando sus caprichos, pero más quedan expuestos los suyos al ser encarnados, quedando él en ridículo. Su concepción no encaja con la realidad, y eso se ve en el pecado (que no es del todo religioso en este caso, pero dependiendo cómo esté el contexto social, los pecados pueden terminar en fusilamientos o culpabilidades masoquistas) y el humor. Pero este desencajamiento no es lo verdaderamente insolucionable. La tragedia es el tamaño del pene. Y es este tamaño el que hace levantar tantas banderas imaginarias, tanta vanidad que no son los verdaderos sentimientos.

La miseria de la vida es representada por su pene falto de glorias. Lo que hace en el video es no dar gloria a su pene, sino dar alegría a su vida. La risa, la soltura de la carne que desmiente las palabras. El Edén de estar vivo aunque salvajemente, aunque luego todo vuelva a lo mismo. El sexo es una huella imborrable en la vida de uno. Es haber pecado y haber pecado es haberse perdido en la carne. Es haber vivido. Un pecado no vale nada si sólo lleva a una perdición sin recuerdos. El pecado es valioso cuando es recordado. Hay una manera de pecar que devuelve la vida y no que la quita. En el momento de los hechos, no hay nada que recordar ni que pensar, simplemente las cosas suceden, como este video. Pero a la hora de mirar hacia atrás, el haber pecado es importante. No en el sentido vanidoso de “quién te quita lo bailado”. Sino como una huella en la ceguera de la vanidad. Una luz, una esperanza (vista paradójicamente en la carne).

“y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también…”

Sin pensar. Dejando que la bizarría del vivir se desencadene. Curando todas las tinieblas cotidianas y ansiedades. Violándolas. Quien no pecó contra sí mismo no ha vivido nunca.

La miseria y la soledad son la condición humana. Esto es representado por le pequeñez del pene. La vanidad es todo lo que surge luchando contra esa condición insolucionable. Son dos las formas de responder creativamente a la condición: La comedia y la tragedia.

En el sexo se ven representadas por la bizarría y por la voluptuosidad. El soltar rotundamente los calambres del día a día, de una manera que resulta muy distinta al mundo que está fuera de la cama, sería la bizarría, la extrañeza. Y la voluptuosidad es en algún sentido el soltar esos mismos calambres pero ya como si nada fueran y todo fuera ese desear inmenso, ese desear que tiene un objeto y nunca termina de encontrarlo. Más simple: nos podemos reír de tener el pene corto, o podemos llorar por no tenerlo grande. Para que la comedia nazca debe haber nacido la tragedia antes, y viceversa, es como el huevo y la gallina.

Lo importante es esa gran belleza de contemplar, ya pasadas la calentura o la gracia del video, la furia de los cuerpos unidos. La furia de saber que hay algo más que la belleza de lo que muere. Y eso es visto precisamente en la violenta ruptura entre la imaginación de lo que los cuerpos que nos rodean representan, y lo que realmente son.

Ramiro de Mendonça